lunes, 28 de mayo de 2012

Globalización, maquinaria de desechos humanos


Habría que ver en las entrañas de quienes buscan el poder si hay el interés de que el pueblo crezca en la democracia o si sólo es una plataforma para el impulso individual, señala el sacerdote Denis Ochoa 

VidalSamuel L. Soto Giles. / gi_les@hotmail.com


SEGUNDA Y ÚLTIMA PARTE

Desde el punto de vista pastoral, la pobreza tiene su causa en que el hombre de hoy lucha por tres cosas: por la posesión de los bienes, por el poder y por el placer, señala a Clip / Reporte Semanal el vocero de la Diócesis de Tabasco, Denis Ochoa Vidal.
“Desgraciadamente esa lucha va disfrazada, por ejemplo, en la búsqueda de la adquisición del poder como deleite personal, como fuente de beneficio personal y se le da el nombre de democracia”, expone.
Considera que “habría que poner en un quirófano a los que buscan el poder, abrirlos por la mitad y ver si en sus entrañas hay un verdadero amor al pueblo; si hay de veras en la búsqueda del poder —de los puestos públicos— un verdadero interés para que nuestro pueblo se eduque, crezca en la democracia, avance, haya crecimientos históricos”.
O realmente, puntualiza, si en las entrañas a veces pudiera verse como una lucha por hacer de nuestro pueblo una plataforma que los impulse de manera individual, sin importarles la gente.
Ochoa Vidal explica que, según el proyecto original de la creación, “encontramos en el libro del Génesis que los bienes de la tierra han sido creados para todos los seres humanos, para que cada persona tenga los medios suficientes para realizar su vida en este mundo”. 
Argumenta que el mismo beato Juan Pablo II hablaba de que sobre toda propiedad quedaba una hipoteca social; es decir, mientras haya gente que carece de lo necesario para su vida, nadie puede estar tranquilo.
“Nadie puede decir ‘yo estoy bien y no me importan los demás’ porque la conciencia cristiana es una conciencia que mira horizontalmente, mira a los demás”, subraya.
De tal manera, argumenta entre el repique de campanas, que cuando se habla de las primeras comunidades cristianas se dice que los creyentes tenían un solo corazón, una sola alma, que nadie pasaba necesidad porque los que tenían bienes en abundancia los compartían con los que no tenían nada.
Compara que en aquella comunidad no había necesitados, propiamente, porque los mismos hermanos trabajaban esa fraternidad, existía solidaridad entre todos.
Fue después cuando el pecado entró en el corazón humano, cuando el ser humano quiere acaparar, quiere privatizar y entra el deseo de acumular bienes más allá de lo necesario.
“Por eso encontramos actualmente, en todos los niveles, países que lo tienen todo y países que carecen de lo indispensable”, opina.

BIENES AL SERVICIO DEL HOMBRE
El sacerdote Ochoa Vidal destaca que también se encuentra en la sociedad gente (cada vez menos) que lo tiene todo, que acapara los bienes, y gente (cada vez más) que no tiene ni lo indispensable para su vida.
“Es lo que se llama la terrible brecha, y cada vez más amplia entre ricos y pobres”, resalta.
De tal manera, dice, que para la conciencia cristiana esto llega a ser un escándalo porque en continentes con un altísimo porcentaje de cristianos, como en el latinoamericano, se dan grandes desigualdades sociales e injusticias.
“Y es que desafortunadamente el ser humano actual ha llegado a girar su vida alrededor de los bienes materiales, los bienes económicos, y se ha tergiversado el plan de Dios, porque el plan de Dios es que los bienes materiales sirvan a los seres humanos y no que el ser humano sirva a los bienes materiales”, aclara.
Aquí, indica, se realiza eso, en nombre de los bienes materiales se ultraja, incluso, a las personas; se les maltrata; se tiene la compra-venta de órganos humanos.
Eso es una muestra de cómo es más importante, para la sociedad actual, el dinero antes que la persona.
Expone que la globalización que ahora vivimos es una maquinaria social en la que muchísima gente no puede entrar y entonces esa misma maquinaria los va dejando fuera; va haciendo de los pobres desechos humanos.
“Ese mecanismo de la globalización es una fábrica de pobres, de gente a veces miserable, y entonces y la cuestión central de la religión cristiana es que el reino de Dios llegue a nosotros.
“El ser humano ha fabricado a los pobres pero Dios no quiere eso, no está contento con esa situación. Quiere que todos los seres humanos tengan acceso a los bienes indispensables de la economía, de la vivienda, del alimento, de la cultura y de la Palabra de Dios.
“Dios no está contento en que nosotros estemos girando alrededor del dinero, sino que como seres humanos somos los reyes de la creación y cada persona es valiosa independientemente de su condición social, cultural, económica, religiosa.
“Precisamente, la corriente del mundo actual es el individualismo, es la división, de tal manera que la sociedad en que vivimos proclama el bienestar individual sin importarle el bienestar del prójimo”, sostiene.

UNIVERSALIDAD DE BIENES
Vidal Ochoa señala que el evangelio bien entendido es a contracorriente, porque proclama: primero, la universalidad de los bienes; es decir, los bienes son para todos; la tortilla es para que todos tengamos aunque sea un pedacito, no que unos tengan casi todo y la mayoría una pequeñísima parte.
“Y segundo, crear —con el evangelio bien predicado— conciencia de fraternidad y de solidaridad; necesitamos entender que una verdadera cultura cristiana promueve la justicia, la hermandad, la participación de los bienes”.
Advierte que pareciera algo soñado pero es una realidad alcanzable si nosotros creamos esta cultura de la solidaridad que se aterrizará en acciones concretas para que todo el mundo tenga acceso a los bienes.
Agrega: “No se trata tampoco de que quien tenga se ponga a repartir, no es ése el sentido, sino que el que tiene ponga al servicio de la sociedad sus bienes. ¿De qué manera?: haciendo producir a favor de todos, haciendo producir empleos, en posibilidades para los demás, no solamente pensando en el bienestar personal sino en el personal comunitario”.
Y alerta: “Pero mientras estemos girando alrededor del dinero, como valor supremo, entonces nos vamos a seguir matando, secuestrando, seguir haciendo de este mundo, un mundo difícil de vivir”.
—Si hay una pobreza de bienes, ¿hay una pobreza de conciencia?¿Cómo equilibrar?
—Digamos que esta sociedad es de ricos-pobres. Por ejemplo, lo que acaba de suceder en Tapijulapa, con los niños; o en otras partes, como aquellas 49 personas. Eso está indicándonos que vivimos en una sociedad que al mismo tiempo que ha crecido en bienes tecnológicos, adelantos científicos, en comunicación cibernética, es una sociedad que se ha empobrecido en valores y, por lo tanto, estamos a punto de volver a las cavernas, de volver a la selva, porque el ser humano se ha enfermado y ha perdido su conciencia de lo que es.
—Esta contradicción ¿con qué acciones concretas podrá mejorarse, o ya será así por los siglos de los siglos?
—Se está esperando la actuación de los creyentes, de los discípulos del Señor. Nuestra tarea precisamente es la transformación del mundo, la construcción de un mundo más fraterno, más justo, más solidario. Eso se espera de nosotros.
“El mundo espera de nosotros no un mercantilismo infantil, a como muchas veces se pretende hacer con algunos grupos, sino una vivencia del Evangelio, compromiso por transformar esta sociedad. Espera de nosotros que le mostremos los valores del Evangelio: de justicia, de fraternidad, de solidaridad”.
—¿El catolicismo tiene los instrumentos y la fuerza para hacer frente a las tecnicismos que menciona: globalización, mercado?
—Con una mirada pastoral vemos que la nueva época está marcada por el signo de la globalización; ahora la Iglesia no es un sistema social, sino que una oportunidad, una alternativa, que puede influir de tal manera que esa globalización económica se pudiera convertir en una globalización de la fraternidad, de la solidaridad, y desde luego hay que comenzarlo a niveles sencillos, pequeños; así como Jesús comenzó la transformación del mundo con doce apóstoles, ha logrado en muchos momentos ser fermento, pero sigue empeñado en que seamos fermento de una sociedad nueva.
—A Jesús le fue muy difícil aceptar esa responsabilidad…
—Era su misión, encomendada por el Padre y, desde luego, esa misión tiene parte de sacrificio, de sufrimiento. Por ejemplo, cuando tiene que decirle a su padre: ‘Padre si es posible que pase de mí este cáliz, no se haga mi voluntad sino la tuya’. Hay una parte en la misión de Jesús de sacrificio, de lucha y de muerte.
“Esto está significando que esta tarea que tenemos no es nada fácil, porque se trata de la lucha entre David y Goliat.
“Cómo puede un chamaquito con una piedra matar al gigante, cómo puede el Evangelio, los discípulos de Jesús, transformar a ese gigante del mundo al que identificamos como causa de la miseria, de la pobreza extrema, de la indigencia. 
“Entonces, cambiar una mentalidad no es fácil, pero Cristo eso es lo que quiere; a eso se le llama conversión, al cambio de mentalidad que desemboca en el cambio de actitudes y de acciones”, sentencia en su oficina austera de la parroquia de la Santa Cruz.  

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